La globología, o gomaflexia, es un arte que ha pasado desapercibido para los grandes curadores de la cultura moderna. En este reporte intentaremos torcer el rumbo que ha tomado esta noble disciplina y conducirlo al lugar de honor que merece.
Inflaencer
@tesoploelglobo
Desde los albores de la creatividad humana, han existido tres grandes pilares que apuntalan toda creación artística, tan básicos y primordiales que resulta natural enumerarlos. Estos son: la pintura, la música y torcer repetidamente un pedazo de elemento elástico insuflado de manera natural o mediante mecanismos, con el fin de darle una apariencia mas o menos similar a la de un objeto pudiendo este ser animado o inanimado. Es la misma condición humana la que nos impulsa a expresarnos e interpretar el mundo que nos rodea mediante la producción de imágenes, sonidos y globos con forma de perrito. Es por ello que resulta más que llamativa la conducta que cierta parte de la comunidad artística mantuvo históricamente contra quienes encontraron en el rechinar de los globos su inspiración más profunda
Mucho puede intentarse para echar luz sobre los motivos por los cuales esta actividad humana ha sido borrada de los registros históricos. No obstante, la financiación de los periodistas de investigación se encuentra suspendida por lo que nos tocará elucubrar teorías basados en lo que me dijo mi tía Ernestina. Ella, quien vivió en los años 1100, pudo ver como la Santa Inquisición apuntó sus dedos hacia aquellos que poseían cierta facilidad para el pliegue y repliegue de globos. Es por demás conocido el desprecio que ostenta la iglesia católica hacia los globitos. Mismo desprecio que provocaría años mas tarde y hasta la actualidad su rechazo a los medios anticonceptivos, bajo el lema "Con globito es delito, a pelo se lo apruebo". Desde entonces, la globoflexia ocupa un lugar de infamia en las homilías dominicales.
Ya con la revolución industrial, un nuevo dios capitalista encontró en los amantes del inflado un núcleo de adeptos que le permitió expandirse como piñata, prometiendo recompensas para todos los que se coloquen debajo. Los críticos de este periodo analizan como un fraude tales promesas, ya que se oculta el hecho de que para lograr que la piñata reparta, es necesaria la explotación y para colmo siempre hay un primo fuertecito que te empuja y se lleva todo. La expectación de la época puede notarse en el reporte del semanario El Globo, cuando tituló: "El capitalismo nos trae una nueva era de felicidad: ¡Bienvenida inflación!", en clara alusión a la esperanza reinante entre los soplacaucho.
Desde allí el prestigio del arte divino continuó en su espiral dantesco. A palabras como "inflación" y "explotación" se le sumó una nueva, la globalización. El mundo empezó a temer que un globo inflado por un chino pueda llegar a la casa de una familia portuguesa y explotar dejando "vaya uno a saber qué cosa" en el ambiente luso. Y lusos iniciaron los reproches, expandiendo por el océano pacífico su prédica xenoglóbica y luego se tornaron a lagos. La confusión está clarísima.
Queda a la vista que quienes amamos el arte de lo flexible tenemos una tarea titánica para encumbrar nuestra pasión y devolverle el lugar correspondiente en la sensibilidad popular. Nuevas amenazas como el surgimiento de los globoludos, el absurdo ensañamiento del Sr. King colocando al globo como instrumento de terror y la caída en desgracia de nuestro embajador del globo, el señor Fijo, representan un clavo menos en el ataúd, porque no hay nada peor que un clavo suelto. Pero no debemos desanimarnos, nuestra mentalidad flexible y retorcida nos permitirá seguir hacia adelante con la ilusión intacta, que nada nos pinche el globo.
Como amante de la globoflexia, me despido con un afectuoso beso... en el nudito del globo.
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